La estupidez y el discernimiento

No te voy a hablar de trabajo, religión o política. Sólo debes tomar tu taza de café o una cerveza en lata, el sanguchito de jamón con palta o los doritos de queso, sentarte frente al PC, colocar música, relajarte, sacarte los zapatos o zapatillas y no pensar en lo que hiciste o dejaste de hacer en el día. Las pausas hacen el camino más fácil y ésta es una de ellas. Por eso ríe como hiena llena (o como marrano). Pero no tanto porque se te saldrá el pichí. Aristóteles 384-322 a.C.

19 septiembre 2006

Crónica 2 (Dieciochera)


Inicio crónica número dos, pensando si la número uno me lo permite.

El olor a empanada dentro de la micro me emputece. Uno, dos, tres pasajeros. Cero bolsas. Nadie parece llevarlas. Más me emputezco. Imagino niños con volantines asesinos, creados y perfeccionados con el único fin de matar. Un perro en una esquina muerde y muerde un hueso aún rojo por los trozos de carne cruda que no ha podido comer. Me aterro de pensar que podría ser ése mi futuro.

Ya no los imagino… ¡los veo! Son cientos de ellos. Rojos y negros. Volando en distintas direcciones. Sus dueños parecen haber perdido el control sobre ellos. Vuelan rasantes, enrollando y cortando cabezas que ruedan por los cerros pintándolos de rojo. Ya no puedo hacer nada por ayudarlos y tampoco podría debido a que el miedo me ha paralizado. ¡Malditos! A través del vidrio veo que se acercan en bandadas hacia mí como buitres de la independencia. Me obligo a salir del estado de shock y salto del vehículo que me resguardaba, que un poco más allá es atacado hasta caer en unas excavaciones al lado del camino. Los tres pasajeros mueren. El chofer escapa.

Al despertar me doy cuenta de que ha caído en unas fondas y un fierrito de anticucho inmenso me ha atravesado el cuerpo por la espalda y ha salido por mi ombligo. Al levantarme un líquido comienza a gotear por la herida. Me llevo la mano hacia la vertiente inoportuna y luego a la boca…es un sabor reconocido…dulce y fuerte…no puede ser… ¿chicha? Los parroquianos con los vasos vacíos allí presentes sienten el aroma embriagador del brebaje brotando de mi carne abierta. Me miran con cara de envidia, lujuria, gula y otros pecados que no recuerdo. Se comienzan a parar y acercarse. Desesperado lanzo unas sillas contra ellos y comienzo a correr por entremedio de señoras que amasaban no sé qué cosa, cosa que vuela por los aires y cae a la tierra. Garabatos varios van quedando atrás, así como el rastro de chicha que voy dejando. Sin pensarlo dos veces salto sobre unas mesas y sillas que bloqueaban mi camino y veo de reojo que me persiguen borrachines y señoras gordas con faldas floreadas. Entre tanta adrenalina me empiezo a dar cuenta de que algo me quema la espalda: ¡un trozo de carne caliente ha quedado entre mi cuerpo y el mango del anticucho! El olor de la carne de dudosa procedencia llama a otro invitado inesperado: el perro de la esquina que ha cambiado su hueso por una nueva presa.

Borrachines, señoras gordas con faldas floreadas y un perro con babas colgando, ¿qué más puedo pedir en esta vida?

Es tanta mi desesperación que comienzo a tropezar con mis propios pies, el sudor ya no me deja ver claramente, los pasos se hacen más lentos y cortos, los vasos se acercan cada vez más a mi herida, el perro ya casi muerde su carne y las señoras tratando de agarrar mis orejas y pelo se pelean entre ellas. Todo se nubla. Pantalla en negro. Un salto me hace despertar. ¡Cresta! Me quedé dormido de nuevo. Me bajo cinco cuadras más allá del paradero que me dejaba a sólo una de la oficina.

Prometo no tomar tanta chicha para el próximo 18.

Termino de escribir mientras reviso unos planos que tenía que entregar hoy. Me retumba la sesera…

Crónica 1

Inicio crónica número uno, sentado en el sillón negro mirando porquería de televisión barata.


Me recuerdo alguna vez saltando del techo de mi casa y mi mamá con una camisa del colegio en una de sus manos (de esas blanquiamarillentas que vendían o venden aún en las ferias por un billete y medio) y un perro de madera en la otra gritándome: ¡Cabro’e porquería, te vai a caer!, mientras yo ya iba en el aire con cara de velocidad y audacia. Recuerdo también la maniobra de amortiguación-rebote agachando el cuerpo, concentrándome en una mínima expresión de mi ser al tocar el suelo hasta apoyar las manos en él para no perder el equilibrio y luego salir disparado a uno de mis costados para así evadir tanto el reto como el posible cachuchazo de la señora. Ahora me pregunto: ¿qué pasó con toda esa elasticidad y versatilidad de movimientos antihumanos que llegué a desarrollar con los años?

La pequeñita y simpaticona kinesióloga en práctica me mira con ojos cómplices y luego de arquear sus cejas me dice: “Ya estamos viejos…” y no sé si considerarlo como un cumplido que debiera significar algo así como un diploma de madurez o tomarlo como un “¡puta que estoy cagao!”. Lo único seguro es el reposo de 2 semanas, evitar las escalas, la luz infrarroja durante 15 minutos, el ultrasonido (con la ayuda de las manos siempre serviles de la kine) y la ultratermia; ¿por qué casi todo era ultra?, ¿acaso haría que mi rodilla mejorara ultrarrápido?

Maldita pichanga…y ni siquiera fue un trancazo, una falta descalificadora por detrás (que hubiese ameritado la tarjeta roja que no existe en estas canchas de partidos amistosos), un choque con las bancas a medio metro del límite del campo de juego, o por lo menos una caída estrepitosa producto de una jugada conflictiva. Nada de eso. Un simple movimiento de mi pierna izquierda hacia fuera para evitar a un contrario… ¡apenas en mediacancha!... y así termina mi historia futbolística semi-amateur.

Yo, 3 horas después, enyesado. Una polola enojada porque yo no llamé a su casa para marcar tarjeta esa noche. Yo explicando la situación. Yo pobrecito, mirando el yeso que empieza en la mitad de mi trutro corto y termina en el tobillo. La polola llegando al otro día. Ambos inventando nuevas posiciones para luego terminar fumándonos el típico cigarro tapados solo con esa sábana que ya no tiene nada de nueva. Una nueva y buena experiencia.

Años después me pregunto: ¿era la primera práctica de la kinesióloga “en práctica”?, ¿debí haber hecho el reposo?, ¿aquella nueva posición sexual tendría que haber sido con la pierna enyesada “bajo” y no “sobre”?, o simplemente: ¿ya estamos viejos…? La verdad es que el invierno y los partidos de baby ya no son mis amigos.

Finalizo crónica número uno, y sigo sentado en el sillón negro pero ahora observando una mosca que se posó en la ventana chica (creo que me vio, pero no sé si me teme).