Crónica 2 (Dieciochera)

El olor a empanada dentro de la micro me emputece. Uno, dos, tres pasajeros. Cero bolsas. Nadie parece llevarlas. Más me emputezco. Imagino niños con volantines asesinos, creados y perfeccionados con el único fin de matar. Un perro en una esquina muerde y muerde un hueso aún rojo por los trozos de carne cruda que no ha podido comer. Me aterro de pensar que podría ser ése mi futuro.
Ya no los imagino… ¡los veo! Son cientos de ellos. Rojos y negros. Volando en distintas direcciones. Sus dueños parecen haber perdido el control sobre ellos. Vuelan rasantes, enrollando y cortando cabezas que ruedan por los cerros pintándolos de rojo. Ya no puedo hacer nada por ayudarlos y tampoco podría debido a que el miedo me ha paralizado. ¡Malditos! A través del vidrio veo que se acercan en bandadas hacia mí como buitres de la independencia. Me obligo a salir del estado de shock y salto del vehículo que me resguardaba, que un poco más allá es atacado hasta caer en unas excavaciones al lado del camino. Los tres pasajeros mueren. El chofer escapa.
Al despertar me doy cuenta de que ha caído en unas fondas y un fierrito de anticucho inmenso me ha atravesado el cuerpo por la espalda y ha salido por mi ombligo. Al levantarme un líquido comienza a gotear por la herida. Me llevo la mano hacia la vertiente inoportuna y luego a la boca…es un sabor reconocido…dulce y fuerte…no puede ser… ¿chicha? Los parroquianos con los vasos vacíos allí presentes sienten el aroma embriagador del brebaje brotando de mi carne abierta. Me miran con cara de envidia, lujuria, gula y otros pecados que no recuerdo. Se comienzan a parar y acercarse. Desesperado lanzo unas sillas contra ellos y comienzo a correr por entremedio de señoras que amasaban no sé qué cosa, cosa que vuela por los aires y cae a la tierra. Garabatos varios van quedando atrás, así como el rastro de chicha que voy dejando. Sin pensarlo dos veces salto sobre unas mesas y sillas que bloqueaban mi camino y veo de reojo que me persiguen borrachines y señoras gordas con faldas floreadas. Entre tanta adrenalina me empiezo a dar cuenta de que algo me quema la espalda: ¡un trozo de carne caliente ha quedado entre mi cuerpo y el mango del anticucho! El olor de la carne de dudosa procedencia llama a otro invitado inesperado: el perro de la esquina que ha cambiado su hueso por una nueva presa.
Borrachines, señoras gordas con faldas floreadas y un perro con babas colgando, ¿qué más puedo pedir en esta vida?
Es tanta mi desesperación que comienzo a tropezar con mis propios pies, el sudor ya no me deja ver claramente, los pasos se hacen más lentos y cortos, los vasos se acercan cada vez más a mi herida, el perro ya casi muerde su carne y las señoras tratando de agarrar mis orejas y pelo se pelean entre ellas. Todo se nubla. Pantalla en negro. Un salto me hace despertar. ¡Cresta! Me quedé dormido de nuevo. Me bajo cinco cuadras más allá del paradero que me dejaba a sólo una de la oficina.
Prometo no tomar tanta chicha para el próximo 18.
Termino de escribir mientras reviso unos planos que tenía que entregar hoy. Me retumba la sesera…

